En EE. UU. ocurrió algo muy raro hace unos años. Muchas cosas, pero no perdáis ripio de esta: hubo una epidemia de llamadas a establecimientos de comida rápida de ciudades pequeñas por parte de alguien, un hombre, que se hacía pasar por un policía, y hablaba con el encargado del local. En el caso más famoso (y más bestia) el tipo llamó a un McDonald’s en Kentucky y habló con la encargada, una tal Donna Summers (nombre real). Se hizo pasar por el oficial Scott, tal cual. Le explicó a Summers que estaba demasiado ocupado como para ir en persona a su establecimiento, pero que habían recibido una denuncia de robo de un cliente. Le describió al ladrón. Una chica joven, castaña, que trabajaba en la barra sirviendo las hamburguesas y los refrescos. La encargada dedujo que era Louise Ogborn, una empleada en su McDonald’s de 18 años. La hizo entrar en su oficina y empezó a seguir las instrucciones que le daba el policía de pega. Todo esto está grabado por la cámara de seguridad de la oficina y puede encontrarse en Internet, no voy a enlazarlo para no provocar náuseas e insomnio como me pasó a mí; si queréis, está disponible jodidamente entero. Buscadlo.

Sigamos.

Las primeras instrucciones que la encargada recibió del oficial Scott fueron que debía strip-search a la empleada; es decir, pedirle que se desnudara y registrarla de esta forma. La empleada protestó, pero acabó haciendo lo que le ordenaba su jefa (desnudarse y taparse con un delantal grasiento), que la amenazó con no tengo muy claro qué, supongo que con you’re gonna get in trouble missus, despidos, pleitos y demás pesadillas estadounidenses.

Como esta historia me provoca mucho estrés pese a que quiero escribir sobre ella, hago un paréntesis: hay una película sobre el oficial Scott, la encargada del local y la cajera. Se llama Compliance y no pienso verla jamás. Mi exagerada y poco práctica empatía me conduce a la identificación con todo y todos y, así, soy la reina de los sudores fríos, la vista nublada y los vahídos. Me he desmayado recientemente viendo esa gran mierda que es Prometheus, en la escena de la autocesárea, para más detalles. Me desmayé anteriormente en Los Idiotas, Rompiendo las Olas (Von Trier y yo somos incompatibles en gran medida), Hannibal (otra mierdaza) y Hunger, que recuerde, aunque seguro que me dejo alguna. No hace falta que haya sangre, porque ahora que me acuerdo me desmayé también en la película esa de Isabel Coixet en la que Sarah Polley describe las torturas a las que la sometieron en la guerra de Bosnia ¿El lado secreto de las palabras se llamaba? El caso es que la disfruté tanto como una caza de ratas en el barro. De hecho me estoy mareando al recordar que S. P. contaba que hacían a una mujer empuñar una pistola y apretar el gatillo apuntando a su hija y que desde ese día la mujer no volvió a hablar ni a comer. Obvio, pensaréis; ponedme agua fría en las muñecas, pienso yo. Casi que prefiero volver a la historia que me ocupa, en la que lo peor que sucede es que hay sexo oral. Violación oral, quiero decir. Ahora lo entenderéis.

El falso policía siguió dando instrucciones absolutamente salidas de madre a Donna Summers, como que llevara la ropa de Louise Ogborn al coche (es decir, que la dejara en pelota picada sin posibilidad de escapar de la situación a menos que saliera desnuda del McDonald’s), que ella cumplió gustosamente, sientiéndose una ciudadana ejemplar y una encargada de restaurante de comida rápida merecedora de un ascenso. Cuando explicó al supuesto madero que tenía que trabajar, que no podía estar en el despacho toda la noche del viernes ocupándose de la ladronzuela, este le pidió que llamara a alguien de confianza que pudiera dedicar un par de horas a hacer cumplir la ley. Ella llamó a su prometido, un tipo espeso que creyó la versión de Summers a pies juntillas y se ofreció a ayudar.

Esto fue lo que encontró cuando llegó al McDonald’s donde trabajaba su prometida: un despacho vacío excepto por una chica desnuda con un delantal tapándole los pechos y el pubis, aunque no atado; un teléfono que requiere su atención inmediata; un policía impaciente por solucionar el apasionante caso del robo en la barra. No sabe o no recuerda que hay una cámara en el despacho en funcionamiento que registra todo lo que ocurre, quién entra y quién sale. El falso policia pide a Walter Nix, que así se llama el despierto novio de la encargada, que examine la vagina de la empleada (con ayuda de esta y sus dedos), que la haga saltar y bailar, que la haga sentarse en su regazo, que le dé unos azotes. Suena increíble pero el tipo pidió a Louise Ogborn que cumpliera estas órdenes. Y como en una pesadilla, donde las cosas pasan sin motivo y no responden a las reglas de la realidad, Louise Ogborn lo hizo. No hay explicación para nada de esto excepto que la selección natural dejó de actuar en los Estados Unidos hace ya unos años.

El razonamiento (como decía antes, propio de una pesadilla) que dio el supuesto poli a Nix era que, si la ladrona tenía algo dentro de la vagina (unos cuartos de dólar, un Big Mac…), el/los objetos saldrían a la luz gracias a estos saltos/bailes/azotes. Sinceramente, estoy segura de que para el momento en que Nix tenía a la chica desnuda sobre su regazo, trasero en el aire rojo por los manotazos, algo debía estar cortocircuitando en su blando cerebro de Kentucky. Algo tenía que decirle que el policía, la llamada y la chica desnuda no tenían sentido; pero la excitación y el empalme, la sangre dirigida al pene dejando a su merced al resto del organismo, todo ello impidió que parara y se fuera a su casa a darse una ducha fría y una buena ostia contra la pared. En lugar de eso, lo que hizo fue seguir las últimas instrucciones de su interlocutor: make her perform oral sex on you. Increíblemente, esto también sucedió y la empleada le hizo una felación. Sí, una felación obligada por una voz a través de un teléfono (véase Experimento de Milgram). Después, Nix abandonó el local, subió a su coche y llamó a un amigo al que dijo I have done something terribly bad. Fue a la cárcel por agresión sexual después de que Donna Summers lo abandonara.

No me he inventado nada.