2013 fue el año en que vi The Sopranos entera por primera vez, a razón de 1 o 2 episodios al día, con mi novio, en el sofá, con vino, con luz tenue, después del rato en que tocamos (no nos tocamos) y justo antes de irnos a dormir. No recuerdo cuántos meses estuvimos viéndola, pero si son 86 capítulos en total y veíamos entre 7 y 14 a la semana, debimos dedicar unas ocho semanas. Bastante obsesionados los dos, bastante metidos en el tema mafiosi. Un montón de bromas entre nosotros imitando a Pauli (el gesto que hace con la mano para subrayar lo que dice que consiste en poner forma de cuernos pero sin terminar de ajustarla, como unos cuernos leves), a Tony (cuando algo le cabrea y grita “¡Uo!”), vitoreando a Furio, etcétera.

Una cosa que me molestaba de la serie era que Tony ligara tanto. A veces se deja muy claro que una tía se acuesta con él porque es poderoso, o porque puede darle algo que ella necesita o quiere. Ahí encaja todo. Lo que me molestaba era que a veces parecía que Tony ligaba con mujeres totalmente fuera de su liga porque sí, y me cantaba mucho. Me dolía que en el cuidado guion de la serie se permitieran estas chorradas. O sea, que un tío regordo, medio calvo y cuarentón se lleva de calle a una señora como Gloria Trillo, que está todo buena, a la que conoce cuando va a comprar un coche al concesionario donde ella trabaja. Y yo me lo creo. O, antes en la serie, a una tiparraca como la abogada Julianna Skiff, que interpreta Julianna Margulies. Claro, le decía yo a mi novio, seguro, con mi cara de mujer sarcástica. Mi novio decía que entendía lo que yo decía, pero que las mujeres somos seres raros y que este misterio en concreto era el menor de sus problemas con nosotras, así que si podía dejarle ver la serie en paz me lo agradecería.

Yo me preguntaba: ¿me enrollaría con Tony Soprano si me pusiera un piso? ¿Y si el piso estuviera en una buena zona de Barcelona y tuviera luz natural y parqué y armarios empotrados nuevos y estuviera cerca del metro? Le miraba la barriga prominente y pensaba «Ni de coña». Olvidé el tema cuando acabamos de ver la serie y no volví a pensar en ello hasta hace unos días, cuando me quedé en casa un viernes viendo los primeros cinco episodios otra vez.

Pero, y aquí viene por lo que se me ha ocurrido escribir esto, esta vez no me da repelús el físico de Tony Soprano. Cuando le tira los tejos a la pobre Dra. Melfi no pienso «Vaya papelón, el paciente mafioso que se te declara y no es precisamente un joven Robert DeNiro» (Robert De Niro, cuando era joven, no puedo ni empezar a explicar cuánto me gusta), sino más bien «Umm, pues tiene su cosa, tiene su aquel, es bien plantado, esa autoridad no está nada mal, todo ese oro fuera, pero bueno, tampoco es para tanto». No tengo ni idea del motivo de este cambio. Ha pasado solo un año, así que no creo que sea por la edad (la mía) o por un cambio extremo en mis gustos. Tony Soprano ¿qué las das?, como decía un tipo que conocí en Valencia, dónde si no. No sé qué las da, pero ahora ya no veo tan problemáticas sus aventuras extracurriculares con mujeres buenorras, sino que las atribuyo a su aura de asesino/empresario/hombre de familia. Poder y una gran pistola. Dinero y ancestros italianos. Tabúes y tal. Julianna Margulies sigue estando en otra liga, pero si hay algo que he aprendido desde que soy adulta (etapa inaugurada en el momento en que declaré en la aduana de EE. UU. que viajaba por business y cuando me apunté a lo de guardar la ropa de verano y sacar la de invierno) es que las apariencias son más importantes de lo que piensas cuando eres adolescente y a la vez, menos. Es decir, que un gesto es más importante que una barriga grande. Que la expresión que uses para decir algo a veces define tu relación con la otra persona. Cosas así que en mi mente de veinteañera no estaban registradas y ahora ni siquiera tienes que explicar a tus amigas porque eso todo el mundo lo sabe, y es porque ya no tienes 23 años, sino 33 y has vivido cosas aburridas de las que has sacado conclusiones útiles.

 

Begoña Mansilla, Barcelona, 2015